martes, 28 de julio de 2009

El planeta americano; de Vicente Verdú

"La hamburguesa es un producto bondadoso e inocente como muchos otros que exporta Estados Unidos y como son, en sustancia, los ciudadanos amerianos. Un producto sin grandes complicaciones; ni profundo, ni secreto. Más aún: la hamburguesa en principio no hace nada. Se deja comer."


SINOPSIS
A lo largo del siglo XX se han creado muchos mitos, pero hay uno, ahora que otros han muerto y el siglo declina, que se alza sobre los demás: Estados Unidos. Estados Unidos es ya algo más que esto y aquello, el cine o los automóviles, la música, los westerns, los multimillonarios, los rascacielos, Calvin Klein o la NBA. Cada elemento de este surtido ha dejado de ejercer fascinación como elemento aislado: el fenómeno ahora consiste en que es la totalidad norteamericana la que se importa como un lote completo. No sólo los modos de vida sino el contenido de la vida; no sólo la manera de divertirse sino la diversión; no sólo un estribillo sino una lengua; no sólo una receta sino la comida; todo, en fin, el espíritu familiar, las formas de comprar, las formas de , de vestir y de cenar, los planes de estudios y de jubilación y hasta las sectas, es de naturaleza americana. Da lo mismo que se atienda al fenómeno en Gran Bretaña, en Francia, en Italia o en España: bajo el pensamiento único, el mercado único y la aldea global se hacen a la americana, desde Indonesia hasta Chile pasando por Pekín. Este libro se ha escrito con el propósito de mostrar cómo los contenidos sociales, políticos o económicos que se están expandiendo son coherentes con los ideales fundacionales de ese país y su idiosincrasia peculiar, pero no por ello tienen que sentarnos bien a todos. Ni siquiera a buena parte de sus propios habitantes les hace ya provecho. Ahora que el mundo parece desarmado de ideologías reaparece una idea fuerte en nombre de la libertad, la calidad de la vida humana y el bienestar de la cultura: no rendirse a la fatalidad de un planeta americano.


Lo primero de todo: no suelen gustarme los ensayos; por tanto, no suelo leer ensayos, evito los ensayos, huyo de los ensayos. Por lo tanto este es un caso particular de lectura, un hecho insólito en mi historial de lectora que se ha producido debido a una serie de complejos acontecimientos en mi existencia relacionados con una compleja persona que ha pasado a formar parte de ella... De estas aclaraciones ha de deducirse que mi comentario respecto a este libro va a verse influido y manchado por mi no-gusto por los ensayos. Un ensayo, por regla-casi-general, no puede llegar a gustarme tanto como una novela y, por tanto, no podré cubrirlo de elogios. [Nota post-escritura-de-entrada: o eso creía antes.]

No obstante, y aclarado lo anterior, he podido leerlo.Y si he podido leerlo ha de ser por algo. Y si excluimos la posibilidad de que haya sido por miedo a la persona que me conminó a leerlo, la cual posee un porte y capacidad de liderazgo casi monárquica (y no, creo que no ha sido por miedo pese a todo), sólo se puede llegar a la conclusión de que el ensayo era interesante. Sí, incluso para mí.

La verdad es que no me he aburrido con él. Bueno, sí en algunas partes, pero al final se hace interesante. Hay datos alucinantes sobre la vida de los estadounidenses. Unos te hacen pensar que te gustaría vivir así, otros te hacen sentir una pena inmensa por ellos y dar gracias por vivir en tu bonito país. De verdad, muchos datos impresionan, y eso que el libro es de hace unos añitos (1996). ¿Estará ahora la cosa mucho peor?

En definitiva, Verdú expone la forma de vida estadounidense, sus ideales, introduciendo valoraciones personales. La idea que se me ha quedado de los estadounidenses es que son personas que se guían principalmente por el dinero (si algo no es rentable, descartado), que dedican su vida a obtener una buena posición en la escala social (y si para ello tienen que quitarse de vacaciones y de ocio, no pasa nada), y que van por individual. La estructura de la familia parece estar un poco destrozadita por la zona, y las relaciones entre las personas son mínimas y superficiales.

Seguramente se exagere un poco en muchos aspectos, y no todos los americanos y lo americano es igual ni mucho menos. Lo que sí pasa es que ahora cada vez que veo una película o serie me pongo a analizar si es americano, y si sé que lo es empiezo a buscar detalles que aparezcan en este libro. Así pues, parece que algo me ha hecho pensar. Un libro que afecta algún aspecto de tu vida tiene papeletas de ser un buen libro, según mis creencias.



domingo, 26 de julio de 2009

Primer "racimo" de haikus

Me atrevo. ¿Te atreves? Sigue siendo un reto...





I
ese horizonte
mantiene la costumbre
de comer olas







II
quería agua
mas de la regadera
brotó veneno







III
sigue soñando
que a él le crecen ramas
y al árbol brazos







IV
en un momento
sacó del agujero
toda su vida

jueves, 23 de julio de 2009

Haikus, mayúscula y punto


"las hojas secas
son como el testamento
de los castaños"

"hay pocas cosas

tan ensordecedoras

como el silencio"

"no sé si vengo
tampoco sé si voy
ando al garete"

"con la tristeza

se puede llegar lejos

si uno va solo"




...

Sin puntos ni mayúsculas. Así me los encontré yo en el libro de Mario Benedetti, Rincón de Haikus, hace escasas horas. No creo que sea una norma de los haikus ser escritos de ese modo, pero en mi opinión eso los hace más sencillos, más desnudos y libres de ataduras de todo tipo. Parece como que uno los lee y se le escapa la mente más fácilmente. ¿No es cierto? Me acabo de dar cuenta de algo... A veces la mayúscula inicial y el punto final forman como una cárcel que encierra las frases. Esa letra tal alta que vigila la puerta de entrada y ese mosquito que defiende la de salida crean en el lector un fenómeno extraño que parece que hace más difícil volar a la mente. Llegamos al punto y normalmente luego hay, a continuacón, otra gigantesca letra mayúscula que sortear y otra frase "encerrada". Vamos saltando de frase en frase y muchas veces nos quedamos ahí, dentro de cada una. Evidentemente no todos lo hacen. Pero a muchos no nos es fácil hacer volar la mente. Por eso he quedado sorprendida al descubrir la existencia de los haikus, en particular de los de ese libro, que están desnudos.

Se puede entrar al primer verso tranquilamente, como si uno fuera caminando y nadie le mirara e intimidara desde su mayúscula atalaya.
Luego se puede caer suavemente al segundo y tercer verso, sucesivamente. Ni siquiera hay comas que nos hagan tropezar en el camino, por lo que el tránsito por las palabras se asemeja a un navegar suave.
Y cuando se llega al final del último verso... ¡libertad!, ¡vuelo libre! La mente del lector se desliza por el borde de la última letra y queda flotando en el remanso de la idea sembrada por el haiku. Como cuado un río llega al mar. Y ahí uno puede quedarse disfrutando del vaivén de las olas de pensamiento, sin tener que verse forzado a saltar a una nueva frase fortificada.
Y todo esto lo dice una bastante estricta defensora de las normas ortográficas, no vayáis a creer...
Lo que sí debe ser una norma en todo haiku es el 5-7-5 como número de sílabas en cada uno de sus versos. Si os interesa saber más acerca de este tipo de creaciones literarias, podéis leer el libro que os he mencionado, donde hay una breve introducción que habla de ellas un poquito más en profundidad. ¿Para qué reescribir lo ya escrito? Además, he encontrado esta página.
Que lo disfrutéis y lo descubráis aquellos que no lo habéis hecho ya. ¿Quién se anima a escribir uno? Es un reto...

domingo, 19 de julio de 2009

Amanecer; de Stephenie Meyer

"La irrealidad era negra y en ella no me dolía tanto.
La realidad era roja y me hacía sentir como si me aserraran por la mitad, me atropellara un autobús, me golpeara un boxeador, me pisotearan unos toros y me sumergieran en ácido, todo a la vez."
SINOPSIS
«No tengas miedo», le susurré.
«Somos como una sola persona».
De pronto me abrumó la realidad de mis palabras.
Ese momento era tan perfecto, tan auténtico.
No dejaba lugar a dudas.
Me rodeó con los brazos, me estrechó contra él
y hasta la última de mis terminaciones nerviosas cobró vida propia.
«Para siempre», concluyó.

Nunca he comentado por aquí mi opinión acerca de ninguno de los libros de la saga Crepúsclo, porque los leí antes de empezar e blog, así que aprovecharé para escribir una breve opinión general sobre ellos.

A muchos he oído decir que son libros que enganchan pero que no están bien escritos, ni relatados de una forma bonita. No me atrevo a opinar acerca del estilo bueno o malo de su literatura. Es evidente que no utiliza un vocabulario ni forma de expresión rebuscados, pero en mi opinión no es un libro para leerlo y decir "qué mal escrito está". Yo lo veo como otros muchos libros que he leído. Y si engancha pues... ¡bien por él! Se supone que es lo que cualquier escritor querría para su libro, ¿no?

Lo que pensé cuando leí el primero fue que era mucho de lo mismo, mucho "te quiero te adoro te amo y yo más". La verdad, acabé un poco harta. Por eso me parece un misterio que la gente, como yo, diga: "me engancha, aunque me parece muy repetitivo". ¿Por qué entonces engancha? ¿Lleva la edición de Crepúsculo incluído un hechizo extraño que impregna el libro?

Los demás libros de la saga, menos mal, no siguieron la línea del primero. Tampoco fueron libros que me marcaran, y aunque no me acuerdo de ellos demasiado sé que no me mantuvieron "en vilo" como lo han hecho otros. Están bien, a secas.

Este último, Amanecer, ha conseguido algo que los otros no lograron. Al menos durante un tiempo. En sus primeras páginas, o tal vez ya un poco más avanzado, me atrapó. Me gustó lo que pasaba a lo largo de la mayor parte de la trama, aunque se me hizo un tanto pesado el momento en que Bella deja de ser protagonista por un tiempo. Luego por determinados motivos tuve que detener su lectura y perdí el hilo. También porque empezó a parecerme menos interesante. El último trecho lo acabé un poco de golpe; de repente me encontré en la última página. Así que en este sentido era igual que todos. Bien, a secas.

No es un libro que me haya dejado huella. Es una historia muy entretenida unos ratos, llevadera otros... Puede leerse, pero también puede dejarse de leer sin sufrir por ello.


martes, 14 de julio de 2009

Harta. O torrente de palabras.

La esperanza
ya está descarnada,
el afecto
para siempre enterrado
después de ser desgarrado
y sostenido
por las manos trémulas y apagadas
y colgantes de mis brazos
mortecinos,
rajados por las espadas
del olvido.

Adiós.

El pasado permanece
aunque escueza en el cerebro
que no sirva para nada.
Más que para arrancarlo
y romperlo y arrugarlo
y lanzarlo por detrás.
Lección práctica de olvido.
Diseccionando el recuerdo,
abrámoslo en canal.
Arranquémosle sus órganos
y veamos si es real
lo que por vivir pasamos
y ahora hay que desechar.

Adiós.

¿No sirvió para nada?
¿Sólo fuiste un bastón
con el que llegar a Ahora?
Y ahora me fallas y caigo
en el polvo de Ahora.
Y me estampo .
Gracias.


lunes, 13 de julio de 2009

Primera y única impresión

Lo primero que vieron mis ojos al llegar a él fue un pueblo de los del montón. Nada de particular, me dije, decepcionada. Y encima se llama Carboneras, siendo sus edificios más blancos que la espuma de las olas. El coche quedó aparcado junto a un castillo de piedra que se convirtió en la primera desilusión. Ciertamente bonito por fuera, en su interior se había convertido en un albergue para un festival de… ¿flamenco? (creo recordar). He dicho la primera desilusión. Pero… ¿sabéis qué? También fue la última.

Basta un breve recorrido por el paseo marítimo para darse cuenta de que uno no se encuentra en un pueblo como los demás. Es de esa clase de pueblo que alguien ha estado imaginando siempre, soñando; evidentemente no alcanza por completo lo idílico del sueño, pero se acerca con sutileza a él sin dejar de estar sujeto a la realidad. Supongo que lo que a mis ojos le otorgó gran parte de su belleza fue la luz. Esa clase de luz que el sol sólo puede regalar en las horas avanzadas de la tarde, cuando ya se está desperezando para irse a descansar, para poco a poco arroparse en la manta del horizonte. También las gentes. Cuando a uno le hablan sus abuelos o ancianos conocidos de esos extraños personajes que viven en sus casas con las puertas abiertas a sus vecinos y en lugares en los que todo el mundo se conoce… Suena como si a uno la hablaran de un animal en peligro de extinción (más bien desaparecido hace millones de años). Y también da cierta envidia que eso ya no exista, que haya que estar pendiente de que no quede una sola rendija abierta en los dominios domésticos por miedo a asaltos inoportunos. Por eso sorprende verse inmerso en un lugar en que al parecer eso sigue existiendo. Y digo “al parecer” porque una observadora únicamente ha disfrutado de una tarde allí, y poco puede asegurarse en una primera y única impresión.

Caminando a lo largo del mencionado paseo, al frente tenemos un sendero de adoquines cómodos de pisar, aunque uno no piensa mucho en eso de todas formas cuando se sumerge de verdad en el entorno. Según el sentido que tomemos tendremos, a un lado u otro, la extensión del pueblo. Visto de modo meramente físico y en conjunto, de lo único que se puede hablar es de edificios bajos blancos con montañas al fondo. Podría añadirse también que los edificios tienen su encanto. Pero no es eso lo bonito, seguro que no, y se sabe por una cosa. Se sabe porque quién ha estado allí y ha hecho fotos y ha sentido algo al estar allí y luego ha visto las fotos sin estar allí, no ha sentido lo mismo que al estar allí. Así que tiene que haber algo no-físico en el “lado pueblerino” del paseo marítimo que le otorgue su encanto. Y ese algo no-físico sólo puede verse desde el interior… pero aún no ha llegado el momento de que el lector lo entienda.

Primero hablemos del otro lado del “sendero”. Al tratarse de un paseo marítimo, resulta evidente que al otro lado hay mar. Bien. Acabamos de ver una de las pocas cosas evidentes que se cumplen en Carboneras. En este punto sería adecuado mencionar, por fin, uno de las claves que contribuyeron a mi encanto y sorpresa para con el pueblo. Y es que estoy tan acostumbrada a paseos marítimos plagados de caminantes bronceados, de tiendas de complementos playeros, de… en resumen, de típico turismo de playa y sol, de… cómo lo diría… ¿turistas-bronceados-consumistas-con-niños-pequeños-en-típicas-vacaciones-de-verano-en-lugares-masivamente-hoteleros? Creo que no acabo de encontrar la forma exacta de expresarlo, pero en todo caso, ahí queda el intento. Pues eso. Que quedé sorprendida al ver que allí no había de eso. Había un ambiente increíble, gente, mucha, paseando de un lado a otro. Eso sí. Pero en la playa no había turistas-bronceados-consumistas-con-niños-pequeños-en-típicas-vacaciones-de-verano-en-lugares-masivamente-hoteleros. Qué digo en la playa. Me refería a La Playa. LA PLAYA. ¡LA PLAYA! Sí, así mejor. En mi vida una playa me había llenado tanto. Eso sumado a que el momento del día, la luz ya mencionada, era inmejorable. La Playa era una vasta extensión de arena y piedrecillas salpicadas de cúmulos de palmeras (que pronto empezamos a llamar coloquialmente “oasis”) y barquitas reposando bocabajo como si sus barriguitas curvadas hubiesen crecido de la arena. Una vasta extensión de arena sin inundar, estrangular y ahogar por las toneladas y toneladas de sombrillas habituales. Una vasta extensión de terreno todo ello disponible para ser contemplado al desnudo. Por entero. Libre.

Y todo eso implica que uno podía sentarse en la arena pedregosa de esa playa y ver el horizonte del mar confundiéndose difusamente con el cielo (algo que habitualmente puede verse en cualquier playa), pero también podía contemplar el horizonte de la tierra recortándose con el azul del cielo y salpicado por la silueta negruzca de alguna palmera. Todo ello con la añadidura de no mancharse con la arena fina (las piedras no se te meten por los más insospechados resquicios de las vestimentas) y de poder hacerse dueño en poco tiempo de una respetable colección de cantos rodados de colores variopintos. Si además, justo en el momento en que uno se encuentra escuchando las olas tranquilamente (sin estar rodeado por centenares de turistas-bronceados-consumistas-con-niños-pequeños-en-típicas-vacaciones-de-verano-en-lugares-masivamente-hoteleros) y haciendo fotos de aire melancólico al propicio paisaje, aparece un perrillo vagabundo dando saltitos y comienza a revolcarse en la arena de la orilla… la ensoñación está asegurada.
El lado marítimo y el lado popular se funden en una línea finísima de intimidad, en un marco entrañable en que el caminante del paseo marítimo se ve irremisiblemente envuelto. Llega el momento esperado: veámoslo “desde el interior”.


Por la tarde, a pie de calle, los pueblerinos se sientan a la entrada de sus hogares con puertas y ventanas abiertas directamente hacia la playa, con ese único sendero de adoquines como separación. Se reúnen y charlan, tal vez intercambian cotilleos y noticias. ¿No empieza a oler a antiguo? Uno sigue caminando y ve más y más pueblerinos a la puerta de sus casas, esas casas que físicamente eran blancas y pequeñas, pero en las que ahora además distinguimos puertas y ventanas adorables, vislumbramos algún que otro interior acogedor, oímos voces…

Luego empieza a anochecer. Ahora hay mucha más gente en las calles; es momento de pensar en la cena y los muchos caminantes del paseo empiezan a verse sentados en las terrazas de los chiringuitos. También han ido llegando vendedores que han montado sus puestos, y se ven esas ropas de colorines que yo llamo hippies sacudiéndose o colgando ondulantes en sus perchas a la vera del camino. Todo ello va siendo engullido poco a poco por la oscuridad del cielo nocturno, que vuelve el mar negro y misterioso y ensombrece las piedras de la playa. La luna es un círculo brillante suspendido sobre el horizonte, y su reflejo forma un camino desde la línea lejana de este hasta la misma orilla, donde siguen rompiendo las olas. Un camino luminoso y amarillo era aquella noche. Si uno se alejaba del bullicio amable de los paseantes y comensales nocturnos y se aproximaba a ese otro camino que le tendía la luna, las voces humanas se iban difuminando y se hacían oír las otras, las de la espuma.


Acercarme al camino amarillo ha sido lo más bonito que he hecho desde hace tiempo. Fue tan breve e intenso que pareció un sueño.

martes, 7 de julio de 2009

Amistad

Cuando nos sumimos en la sábana agobiante de la oscuridad, sólo la luz puede salvarnos. Debemos echar mano de las velas en ese momento. Pero no hemos de olvidar que para echar mano de ellas debemos llevarlas con nosotros. Siempre.

También necesitan nuestros cuidados. Tenemos, evidentemente, que mantenerlas encendidas si queremos que nos alumbren. Por sí mismas no pueden más que irse consumiendo, devorando la cera y el oxígeno que les da alimento hasta que no les quedan más nutrientes que la muerte. La luz muere y llega la oscuridad. No lo permitamos. Mantengamos la llama brillante, pues la lucecilla bailarina zigzagueando en nuestra vida puede llegar a ser importante. Si no nos damos cuenta ahora, lo haremos entonces, cuando su danza anaranjada desaparezca y con ella se apaguen los colores de nuestra vida.

Es verdad que a veces hay muchas llamas. Demasiadas llamas que mantener. Demasiado poco tiempo para hacerlo. También es cierto que hay llamas más potentes; otras más luchadoras. Si han sido tratadas suficientemente bien, tal vez resistan algo más de lo normal nuestra ausencia, sin consumirse en el olvido. Pero, tarde o temprano, acaban sucumbiendo. Nos necesitan.

Desgraciadamente, a veces nos toca vivir la muerte de una. Vemos como tiembla y se debilita. Titila. Envía sus últimas llamaradas de socorro. Intentamos ayudarla, hacer saltar la chispa que la salve, pero por más que lo intentamos la chispa no se forma. A veces la llama resurge, pero en unos segundos vuelve a declinar. La estamos perdiendo. Hacemos todo lo posible para recuperarla, aun sabiendo que el fin ha llegado para ella, pero no podemos hacer más. Lo sentimos de verdad, pero ella se va. Sentimos pesar por la marcha de una vela que alumbró tantas de nuestras horas de oscuridad.

Finalmente hemos de asumirlo. La vela es ahora la de un barco que navega a la deriva, empujado por el viento en cualquier dirección menos la que lo lleva a nosotros. Lo vemos alejarse en un mar tempestuoso cubierto de nubes grises y cielo oscuro rajado por los rayos. Allí en el horizonte, probablemente, la espere alguien que sepa cuidarla mejor.

lunes, 6 de julio de 2009

La culpa de El Otro


Hay un vaso encima de la mesa. Entonces se cae. ¿Que por qué? Eso no importa. Simplemente quedémonos con que se ha caído y se ha partido y disgregado en varios trozos de vidrio transparente y de bordes punzantes. O más sencillo, quedémonos con que se cayó y se rompió. ¿Quién tiene la culpa?


Si hubiera dos personas en el lugar del crimen, en ese lugar en que un vaso se cayó y se rompió, puede que una de ellas (por supuesto la más generosa) atribuya toda la culpa a la otra. El vaso se ha caído sin razón aparente. El vaso estaba sobre la mesa, pongamos en el centro de gravedad de la mesa, pongamos apoyado en una base de sustentación amplia y aparentemente a salvo de toda catástrofe. Pero se cae, por una razón que ahora no es de importancia. Y, por supuesto, alguien ha de tener la culpa. TODA la culpa. ¿Toda la culpa?


Eso es lo que cree esa persona tan generosa. Que El Otro ha de tener toda la culpa. Porque es El Otro el que ha puesto el vaso en la mesa. El Otro el que lo ha tocado antes de que el vaso estuviera en el centro de gravedad de la mesa, antes de que el vaso se apoyara en una base de sustentación amplia y a salvo de toda catástrofe, antes de que el vaso se cayera.


Y yo digo que no. Cómo iba a saber El Otro que el vaso se caería si estaba a salvo de toda catástrofe. Cómo iba a saber que segundos después de dejarlo a salvo el vaso se suicidaría como por hechizo. Pero- ¡oh, casualidad cruel!- El Otro lo tocó el último, y por tanto El Otro tiene que cargar con toda la culpa de la muerte del vaso.


¿Y esta historia absurda, de dónde me la saco? No lo sé. Bueno sí, experiencia-personal-e-intransferible. Hay gente que dice que siempre hay un porqué, y puede que sea verdad, aunque no siempre sea visible. A veces hay un terremoto, y muere gente, así de repente. Otras veces se cae un vaso que estaba a salvo de toda catástrofe, y se rompe, así de repente. Otras veces se caen Otras Cosas en condiciones que normalmente no se habían caído, así de repente. Y hoy he "aprendido" que la culpa de que estas cosas "así de repente" ocurran es de la última persona que tocó el objeto víctima.
Lo de aprender (de ahí las comillas) era una forma de hablar. No creo que la culpa de un terremoto sea del niño que aprendió a andar (y por tanto pisó la tierra el último) unos milisegundos antes de que ocurriera el terremoto, y por tanto alteró el equilibrio de la tierra y la hizo tambalear (ejemplo metafórico absurdo, lo sé, pero fue el primero que mi subconsciente airado elaboró y lo tenía que poner). Creo que muchas veces la culpa no es de Uno. Unas veces sí, evidentemente- o no tanto. Otras una serie de acontecimientos e entrecruzan y entremezclan de forma retorcida y provocan acontecimientos inauditos e inesperados ante los que nadie encuentra explicación. Hay un porqué, sí, en realidad muchos porqués, pero son demasiado intrincados para desenredarlos y descubrirlos a todos. También puede que haya culpables, muchos culpables, culpables que tal vez se remonten a años de antigüedad. Culpables de todas las naturalezas. Por eso no siempre se puede echar la culpa a El Otro.

jueves, 2 de julio de 2009

El médico; de Noah Gordon

"-Pero sin duda la medicina es algo más que un negocio- objetó Rob suavemente.
-Es algo menos que un negocio- le contradijo Hunne-, dados los honorarios bajos que se perciben, y con cretinos recién llegados que se instalan en Londres. ¿Cómo decís y cómo interpretáis eso de que es algo más que un negocio?
-Es una vocación, maestro Hunne. Igual que se dice que algunos hombres reciben la divina llamada de la Iglesia."


SINOPSIS
Ésta es la historia de una pasión. Ésta es la crónica del increíble viaje del joven Rob Cole, de su lucha contra la enfermedad y la muerte, de su don místico para curar. Su sueño de convertirse en médico lo conduce desde la Inglaterra dominada por la brutalidad y la ignorancia hasta la sensual turbulencia de la remota Persia. Allí, en las universidades árabes, bajo la tutela del legendario maestro Avicena, ocurrirá la transformación que marcará su destino y el de su familia para siempre.
Este libro merece una entrada "digna", de acuerdo con el significado tanto intelectual como simbólico que ha supuesto para mí. Ante todo no hay que dejar pasar por alto que el tal librito cuenta con mi más profundo respeto y aprecio y amistad e idolatría, y además que va a pasar a ocupar un lugar privilegiado, si no en mis estantes, en mi lista personal de lecturas.

La primera noticia que tuve de él, o al menos la primera de ellas consciente, fue en una de las primeras clases de Historia de la Medicina, en una de las primeras clases de mi vida en una facultad. El profesor la mencionó como lectura recomendada entre otras muchas, aunque esta fue la que más me llamó la atención, más que probablemente por su naturaleza de libro de novela-didáctica-pero-entretenida. En realidad, no es más que una novela histórica corriente y moliente, cuyo estilo compararía con el de "Los pilares de la tierra" de no ser porque he recibido opiniones de lectores que lo sitúan a un nivel muy superior. Yo que siento debilidad por este tipo de historias, ambientadas en la Edad Media y cuyo-tema-principal-no-es-la-guerra, es decir, cuyo-tema-principal-es-la-vida-de-personajes-que-luchan-por-ocupar-su-posición-en-el-mundo, fui atrapada pronto por las redes del deseo lecturil de tal cebo.

En cuanto hallé la oportunidad, recorrí una librería hasta encontrarlo y me lancé a leer su argumento, el cual me atrayó casi sin dudas. Me lo compré.

Hubiese sido útil leerlo antes del examen de la tal asignatura mencionada, pero por razones temporales no fue posible. De todas formas, disfruté sobremanera de su lectura, en las interminables horas de metro y tren de casa a la facultad y de la facultad a casa, que entonces ya no fueron horas interminables sino efímeros minutos. Pero vayamos al grano. Lo que realmente importa es: ¿de qué trata la dichosa historia?

Rob J. Cole. Un pesonaje entrañable por todo en general. Por sus defectos, por sus virtudes, por su ternura, por sus fallos, por sus logros... Y en especial: por su lucha, por su constancia y su determinación en lograr lo que desea aun a precios que muchos considerarían excesivos.

Rob pierde su familia y es "adoptado" por un cirujano barbero, y ahí empieza todo. Poco a poco descubrirá su don, se dará cuenta de que desea ser médico más que nada en el mundo (y esto es una de las cosas que queda más clara, QUIERE SER MÉDICO Y LUCHA POR ELLO DE MODOS AUCINANTES). En su deseo de conocer al más eminente médico del momento, Ibn Sina o Avicena, no sólo viaja y recorre un largo camino, sino que encuentra al amor de su vida y también pierde otras cosas. Cosas demasiado difíciles de perder, en decisiones demasiado difíciles de tomar. Pero siempre se rige por un ideal: ser médico, ante todo y sobre todo ayudar a los demás, aliviar su dolor sin importar quién ni a qué precio. Por eso se le coge tanto cariño. Pero no porque sea perfecto, sino porque es humano y también comete errores.

En una Europa que para entonces no contaba con los avances de hoy en día, en que muchas enfermedades se tomaban por meras alteraciones en los "humores" del cuerpo, y en que la Iglesia no permitía la disección (el cuerpo humano se consideraba igual al del cerdo), Rob conseguirá cosas increíbles y hará descubrimientos inesperados. Sólo hay que leer este libro para conocer unos y otros.




El viento... un ser melancólico... el murmullo...

El viento, grácil esencia que se desliza entre las grietas del mundo... él puede volar, tan lejos como desee.


Un ser melancólico asomado al abismo, a las fauces de un paisaje, puede sentir su abrazo si presta atención.

Hace murmurar a los árboles y provoca los estremecimientos que recorren las verdes y húmedas briznas del prado.

Las rocas y el agua adquieren formas insólitas cuando él las toca.
Se atreve a penetrar cualquier barrera; siempre encuentra el resquicio apropiado.

Pero también se pone triste, y se desgarra en aullidos profundos.


El viento se desliza, vuela, salta, se agazapa, gira, da una voltereta, acaricia, corre veloz, mueve una rama, besa una flor, se lanza al abismo, sube, empuja una nube, baja, se balancea, flota, hace y deshace... en interminable vaivén. El viento, como la propia existencia, es impredecible y cambia constantemente.

Tal vez pudiera uno adaptarse mejor a la vida siguiendo su ejemplo.

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