domingo, 28 de diciembre de 2014

Redacciones extraordinarias; de F. Escribano Lapicero

"En el colegio nos ponen castigos si hacemos las cosas mal. Que te pongan castigos es un aburrimiento porque no te dejan hacer cosas divertidas. Hay dos clases de castigos: los de casa y los del colegio. Los castigos más comunes de casa son: que te castiguen sin jugar a la videoconsola, sin ver la tele, encerrado en la habitación, etc.
Los castigos más comunes del colegio son: que te castiguen sin ir al recreo, sin ir a gimnasia, copiando, ponerte de pie en la pared, hacer el doble de deberes, etc."

SINOPSIS
La hora del recreo, las vacaciones de verano y las de Navidad, las excursiones a fábricas y museos, las visitas a ciudades, el mejor amigo, los hermanos, papá y mamá...
F. Escribano recoge las vivencias de su infancia en este "cuaderno" de redacciones que hará las delicias de todo aquel que desee evocar los recuerdos de su niñez. 

Alguna vez se me ha ocurrido la idea de mostrar por aquí mis redacciones del colegio (la última fue precisamente el año pasado, cuando utilicé una para felicitar las navidades). ¡Pero nunca se me hubiera pasado por la cabeza publicarlas en Amazon! Eso ha hecho F. Escribano, un escritor madrileño que ya está levantando ampollas en los círculos de escritores independientes.

Suelen gustarme las historias escritas desde un punto de vista infantil. Los niños son capaces de imprimir una visión muy especial a la realidad, y tan pronto la llenan de magia como la desnudan de artificios y la muestran tal como es (recordad que los niños y los borrachos siempre dicen la verdad). Por eso, cuando el autor contactó conmigo para presentarme su curioso proyecto, me invadió la curiosidad. Primero, sólo la curiosidad (porque para ser sincera no me esperaba mucho de un libro escrito por alguien de menos de diez años); pero después, cuando leí las primeras páginas, me sorprendí por todo lo que podía sacarse de la mente de un niño.

Las redacciones conservan los títulos originales, incluso los enunciados del ejercicio que motivó su escritura: Describe el paisaje que se ve desde tu ventana; Los castigos; No sabía cómo, pero de repente aparecí en...; Las vacaciones de verano; Excursión a Segovia; A qué juegas en el recreo... y así hasta más de cincuenta textos que sirven como testimonio de vida de los escolares nacidos en torno a los ochenta. No hay duda de que los profesores deberían pasarlo en bomba conociendo nuestras aventuras. ¡Seguro que por eso no hacían más que mandarnos redacciones como deberes!

La edición es preciosa, imitando, tanto por fuera como por dentro, un cuaderno escolar (al menos la que yo tengo, que es en papel). En algunas redacciones se incluyen ilustraciones realizadas por el propio autor cuando era niño, que convierten este libro en un perfecto regalo para los más nostálgicos. Con un título que recuerda a las Narraciones extraordinarias de Poe, el autor nos invita al mundo extraordinario de la imaginación.
La imaginación sólo se encuentra en estado puro en la mente de un niño, y por eso hay que recurrir a su fuente primigenia para hallarla. Es lo que yo he hecho. No he cambiado nada. Son tal como los escribí cuando era crío, con sus faltas de ortografía y todo. Y no son peores que otras que se ven por ahí.
F. Escribano se defiende con estas palabras en su página web, donde además incluye "la muestra de que su libro no es basura", como aseguran algunos de sus compañeros escritores, indignados porque "ahora todo vale". Dicha muestra consiste en una lista de erratas de novelas que ha ido recolectando en su dilatada trayectoria como lector, y que amplía casi a diario. Y a la pregunta de si tiene pensado "escribir más en serio, ser un escritor de verdad", replica:
No he escrito nada más en serio que estos relatos que me salieron del corazón. Y no me hace falta escribir más para ser escritor de verdad. A Harper Lee le bastó con una única novela, ¿no?
Parece que la polémica está servida. El mundo de la literatura evoluciona, y lo hace a base de propuestas tan rompedoras como esta. Y vosotros, ¿qué opináis? Yo ya estoy pensando en sugerirle a mi madre que publique las listas de la compra. Para innovar...

ACTUALIZACIÓN: esta entrada fue publicada el 28 de diciembre de 2014 (Día de los Santos Inocentes).

3,5
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*Pinchar aquí para acceder a Redacciones extraordinarias en Amazon.
**Pinchar aquí para acceder al blog del autor.

viernes, 26 de diciembre de 2014

Primera memoria; de Ana María Matute

"A veces me despertaba de noche , y me sentaba bruscamente en la cama. Sentía entonces una sensación olvidada de cuando era muy pequeña y me angustiaba el atardecer,  pensaba: «El día y la noche, el día y la noche siempre. ¿No habrá nunca nada más?» Acaso me volvía el mismo confuso deseo de que alguna vez, al despertarme, no hallara solamente día y noche, sino algo nuevo, deslumbrante y doloroso. Algo como un agujero por donde escapar de la vida."

SINOPSIS
Con la guerra civil, «lejana y próxima a un tiempo, quizás más temida por invisible», como telón de fondo, Primera memoria, Premio Nadal 1959, narra el paso de la niñez a la adolescencia de Matia —la protagonista— y de su primo Borja. Los dos viven en casa de su abuela en un mundo insular ingenuo y misterioso a la vez. A través de la visión particularísima de la muchacha —sin madre y con padre desaparecido— asistimos a su despertar a la adolescencia, cuando, roto el caparazón de la niñez, ciega y asombra y hasta a veces duele el fuerte resplandor de la realidad. Una intensa galería de personajes constituye el contrapunto de su vertiginosa sucesión de sensaciones. Y es que en unos meses, Matia descubrirá muchas cosas sobre «la oscura vida de las personas mayores». Melancólica elegía de la perversión de la inocencia, Primera memoria es, sin lugar a dudas, una de las mejores novelas de Ana María Matute.

Casi se acaba el año y aún no le he dedicado una entrada a Ana María Matute. Sirva esta como colaboración para la lectura-homenaje organizada por varios blogs (cuyo banner habita desde hace mucho la barra lateral de este). Llego por los pelos después de haber leído su Primera Memoria, también primera parte de una trilogía ambientada en la guerra civil cuyos tomos son autoconclusivos. Mi relación lectora con Matute se está volviendo confusa y contradictoria. Después de lo que disfruté con Olvidado Rey Gudú, sus novelas Pequeño teatro y esta Primera memoria se me han hecho bastante cuesta arriba. Me duele que sea así, porque leyendo me doy cuenta del gran talento que tuvo y disfruto de la parte formal de su prosa, pero sigo sin lograr acercarme a los personajes e involucrarme en sus historias. Me pregunto si no será que tengo que volver a su vertiente más fantástica. 

Después de hacerme con esta novela y antes de poder leerla fue cuando falleció la autora. Como suele ocurrir, aumentó en los medios su presencia, y la de su obra en los sitios más visibles de las librerías. También aumentó mi curiosidad hacia su persona, a lo mejor porque se me acabó la ilusión de llegar a conocerla (siempre la buscaba, sin muchas esperanzas, en la lista de escritores que firmarían en la Feria del Libro). Escuché varios podcast y programas de radio y me deleité más de una vez con su voz, una voz a la vez suave y áspera que hilaba frases tan hermosas como, por ejemplo, las de su discurso del Premio Cervantes.

En Primera memoria es Matia, con catorce años, quien relata la historia. Y en su forma de hacerlo, de contarnos sus miedos y sus sentimientos hacia el mundo que le rodea, me da la sensación de que hay mucha Matute. Matute y Matia: incluso (me doy cuenta ahora que las escribo) empiezan igual. 
Sólo tenía un amigo, mi muñeco Gorogó, que, naturalmente, más tarde incorporé a una de las novelas con las que me siento más identificada, Primera memoria. Aunque no haya escrito nunca una novela autobiográfica, estoy en sus páginas. Todo eran inventos, hasta que supe que en la Literatura —en grande—, como en la vida, se entra con dolor y lágrimas. Gorogó lo sabía, lo sabe y no me ha abandonado desde el día en que mi padre, teniendo yo cinco años, me lo trajo de Londres, donde lo llaman algo así como Golligow. Mi padre sabía que a mí no me gustaban las muñecas, ni los juegos de las niñas de aquel tiempo: mujeres recortadas, las llamé yo. Imitar a mamá y a las amigas de mamá era todo su futuro. Gorogó, como entonces, sigue conmigo ahora, lo llevo a todos mis viajes, y le sigo contando lo que no puedo contar a nadie. (Hoy también me espera en el hotel.) Y sigo haciéndole partícipe, por ejemplo, del miedo que siento por tener que pronunciar estas palabras, y, sobre todo, ante quienes debo hacerlo. Gorogó, estás aquí —mi mejor invento—, estás a mi lado, viejo amigo, en este día inolvidable, con tu ojo derecho ya nublado, como el mío, aunque ya no luzcas aquellos cabellos negros, hirsutos, de limpiachimeneas dickensiano, aunque falten los botones de tu frac azul... ¡Cómo nos parecemos, Gorogó!
Ana María Matute. Discurso de recepción del Premio Cervantes.
Con estas palabras, a parte de enseñarme a apreciar el cariño que puede dar un osito de peluche (que es mi Gorogó), Matute se me metió un poco más adentro y despertó aún más mi curiosidad por esta novela, donde conocería a su querido compañero. ¿Quién no tiene o ha tenido su Gorogó?
Había llevado a Gorogó conmigo, lo tenía escondido entre el pecho y la combinación, y en aquel momento la tía Emilia dijo: 
-¿Qué estás escondiendo ahí? 
-¡Nada! 
Se acercó y consiguió quitármelo, a pesar de que me eché de bruces sobre la cama, para protegerlo. Le dio vueltas entre las manos. Seguía boca abajo, para que no viera qué encarnada me ponía (hasta sentía cómo me ardían las orejas). En lugar de burlarse dijo: 
-¡Ah, es un muñeco!... Sí, yo también dormía con un muñeco, hasta casi la víspera de casarme.
Vuelvo a Matia. Matia y su soledad. Alejada físicamente de la guerra, sin padre ni madre, viviendo en una isla innominada (Mallorca, al parecer), en la compañía de su primo y de las mujeres de la familia (la abuela, la tía, la criada), porque los hombres se fueron a luchar por uno u otro bando. Matia Niña en un mundo de Mayores, sin querer ser uno de ellos, empeñada en recordar a Peter Pan y en quedarse en la Isla de Nunca JamásSerá ella, sin embargo, la primera en comenzar a alejarse de la infancia, atraída sin remedio hacia ese otro mundo que no entiende y que teme, el de los adultos. Y será su primo Borja, con quien compartía juegos, travesuras y crueldades de niños, el que se frustre con esa transición.

En el entorno natural del "declive", con sus campos y sus playas, es donde se desarrolla esta novela en la que la narración íntima roba prácticamente el protagonismo a la acción. Ejerce el papel de titiritera la abuela doña Práxedes, que gracias al poder que le confiere su elevada posición social maneja a su antojo la vida de los habitantes de sus tierras. Ya en las primeras líneas Matute describe a este personaje, destruyendo de paso la imagen entrañable que una abuela suele sugerir (aunque he de decir que no me di cuenta hasta más adelante):
Mi abuela tenía el pelo blanco, en una ola encrespada sobre la frente, que le daba cierto aire colérico. Llevaba casi siempre un bastoncillo de bambú con puño de oro, que no le hacía ninguna falta, porque era firme como un caballo.
Incluso siendo verano, Matia y Borja se ven obligados a luchar de continuo contra la autoridad de su abuela, quien les ha puesto a Lauro el Chino, el hijo de la criada, como profesor de latín. Lauro, también un poco niño todavía, está demasiado manchado de persona mayor como para no tener que sufrir los desdenes y crueldades de los dos primos. Quizá es por intentar ser uno de ellos que les permite escapar de vez en cuando a la barca Leontina o a otros lugares alejados de su estricta abuela.

Doña Práxedes es un personaje frío, tanto como me lo ha parecido Borja o los chiquillos crueles que juegan a la guerra divididos en dos bandos, como sus padres deben estar haciendo al otro lado del mar. Y se apedrean con piedras, y se apedrean con palabras, y queman muñecos de paja. Esa frialdad (que a veces se apoderaba incluso de Matia) es uno de los factores que más me ha estorbado en la lectura, impidiéndome sentir empatía. De ella se salvan algunos, como la tía de Matia, personaje poco explotado y del que me hubiera gustado saber más; o Manuel, otro niño "distinto", de esos a los que la vida empuja demasiado rápido hacia la adultez.

He viajado a trompicones por las páginas de esta novela, saltando rápido por las zonas donde el terreno me parecía demasiado pedregoso y paseando una y otra vez por los senderos más agradables. Me gusta Matute cuando habla de dejar de ser niño. Me gusta cuando desgrana sentimientos profundos. Lo que no me ha agradado nunca demasiado es el tema de la guerra, sobre todo si se trata de un modo tan distante, si se habla de líneas insalvables entre bandos y no se profundiza en los porqués. Pero claro, a lo mejor es que un niño no entiende de eso, y sólo ve buenos y malos. O eres de los suyos o no lo eres.
Un día me dijo mi primo: 
-Tú ya no eres de los nuestros.
Me encogí de hombros. Él añadió:
-Ya tienes tus amigos, ¿verdad? 
Pese a este enredo de amor-odio en el que me he vuelto a ver envuelta, sé que no podré librarme de la atracción que ejercen sobre mí las palabras de Ana María Matute. Regresaré a ellas.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Una colmena en construcción; de Luis Durán


SINOPSIS
Cuando abras este libro, brotarán ciudades de caminos y plazas inverosímiles imaginadas sin ayuda de croquis, alzadas o plano alguno. Asomarán casas y fuentes de colorines, maderas y plastilina. Y descubrirás bocacalles repletas de aquellos libros, cromos, adivinanzas y acordes que una vez olvidaste. Este es un libro plagado de náufragos y de Nautilus, de orillas esquivas e imposibles de cartografiar y de esas líneas amarillas que, a veces, dibujan las abejas cuando surcan el cielo... 
 Luis Durán , uno de los autores españoles más personales y prolíficos del panorama actual, nos presenta una historia de ambiente y matices, con unos personajes entrañables, que nos habla de la infancia, los sueños y las casualidades.

¡Lo que me he encontrado! Llegué por casualidad a Una colmena en construcción. Algunos días lo había hojeado y al final había preferido llevarme otros, pero ese en concreto no localicé lo que buscaba en la biblioteca y, como se me acababa el tiempo de elegir, me dejé llevar por la portada. Y paso, ¡aviso!, a una opinión quizá más subjetiva de lo acostumbrado.
Puede que parezca un libro de lo que voy a intentar hablar. Probablemente lo sea por fuera. Pero por dentro, ya no. Lo abres y deja de ser un libro. Te das cuenta de que en realidad es... un sueño empaquetado. Cada vez que lo cierras sabes que no te hace falta dormir para soñar. Sabes que tienes un paquetito de sueño sobre la mesa, en un estante o disimulado en la librería. Y que cuando te apetezca, que puede ser porque estés nervioso o agobiado por la realidad o porque sí y punto, puedes hacerte una infusión mental y soñar despierto.
Hay algo en los dibujos que te transporta muy lejos, y no a un mundo fantástico, sino quizá a una realidad paralela en la que hasta el color de las cosas cambia. Ha sido  muy extraña la sensación que me han transmitido historia, ilustración y texto, como si todos los componentes de este libro encajaran a la perfección conmigo, como si fueran exactamente la clase de lectura (o desgustación de imágenes) que necesitara en este momento.
El psicólogo que escucha de sus pacientes relatos un poco disparatados; el arquitecto que, en el autobús de camino al trabajo, se convierte en vaquero del Salvaje Oeste gracias una novela; las gemelas con sus caretas a cuestas y sus juegos de rayuela y su imaginación infantil; la mujer que encuentra el mejor lugar para instalar sus colmenas; el anciano que construye una enorme y hermosa catedral; el hombre en busca de cerradura para su llave; el testador de juguetes traumatizado...
Los pequeños piratas de plástico que vienen con el detergente Ariel, la colección de cromos de Bimbo, el Exin Castillos, las novelas de Marcial Lafuente Estefanía y las de Corín Tellado...
Son muchas las pequeñas historias que van surgiendo, y las alusiones a un pasado que yo sólo he vivido a través de los recuerdos de otros que llegaron antes al mundo.
Como la vida misma, esta historia está llena de silenciosNo siempre estamos hablando con alguien, así que los diálogos son los estrictamente necesariosLas imágenes adquieren un protagonismo importante. A través de ellas vemos los movimientos de los personajes y los detalles del entorno y oímos los ruidos del ambiente. Eso fue algo que me dio un poco de miedo al echar el primer vistazo: la ausencia de texto me sugería algo poco consistente. Y no es así, aunque deje ciertas cosas en el aire, como si tuviera la intención de que cada uno siga el "sueño" como prefiera. Además, las ilustraciones son increíbles, no me cansaría de mirarlas una y otra vez. Me ha encantado la composición de colores, los tonos pasteles, el estilo tan personal, el candor de los personajes. Si no es un sueño, es una especie de poesía en imágenes.
Desgraciadamente, se me terminó. Como pega diré que se me hizo un poco brusco, además de simpático, el final, aunque a lo mejor sólo fue que me enfadé porque me había quedado sin reservas de "infusión mental". Pero ya sé que el lugar de donde vienen los sueños (no sé si todos, pero seguro que alguno) es la mente y la habilidad creativa de Luis Durán, y allí iré a buscar más. Si os adentráis aquí veréis que hay mucho por descubrir. De momento ya he sacado otro suyo que tenían en la biblioteca y que tampoco me llamó la atención en un primer vistazo (vaya un instinto que tengo). Y después, ahorraré o se los pediré a los Reyes. (Pero, ¿qué hago yo pensando en comprar cómics? Algo ha cambiado...)

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Las primeras páginas: (aquí).
Y este vídeo que me he encontrado:

domingo, 14 de diciembre de 2014

Pollo con ciruelas; de Marjane Satrapi


SINOPSIS
Teherán, 1958. La vida de Nasser Ali, un virtuoso de la música y padre de familia, pierde el sentido en el momento en que su mujer le rompe el tar, el instrumento que le ha acompañado durante toda su vida. 
Marjane Satrapi, la creadora de la premiada serie Persépolis, nos presenta Pollo con ciruelas, obra galardonada con el Premio al Mejor Álbum, en Angoulême 2005.

Hace poco hablaba de una vida que termina perdiendo su sentido, así que vamos a cambiar de tema. Ah, no, que todavía me queda contar lo que me ha parecido esta otra novela de Marjane Satrapi (la misma autora de Persépolis). Y va precisamente de eso, de vidas que pierden su sentido... ¿por un objeto roto? Eso es lo que ha hecho la mujer de Nasser Ali: romperle el instrumento que tocaba, su tar.

Es una historia muy cortita, un cuento con aires de fábula. Pese a todo, Marjane sigue imprimiendo a sus personajes de gran carisma y les dota de preocupaciones cotidianas para acercárselos al lector. Tampoco pierde el humor fino y un poco negro que cuela incluso en las situaciones más dramáticas

Esta vez nos hace intrusos de la vida familiar del músico Nasser Ali. Anteriormente adorado por el público, sus musas sufren un inesperado golpe que les deja fuera de combate, y a Nasser dejan de salirle las melodías del corazón. Sus ojos caen en un pozo negro y no saben encontrar ya la luz, por lo que decide acostarse en su cama y dejarse llevar por el tiempo y por los recuerdos.


Cada capítulo es un día de Nasser Ali en su dormitorio, rememorando acontecimientos de su vida. Tiene una mujer con la que se casó sin amarla de verdad y dos hijos pequeños, niño y niña. De vez en cuando lo visitan. Le traen comida, conversación, discusiones o más recuerdos que luego él continúa rumiando en soledad. El día de su muerte se va acercando, y lo sabemos desde el principio.

A través de sus recuerdos, contados en viñetas de fondo negro, somos testigos de algunos momentos de su vida, unos grandes y otros pequeños. Son en su mayoría escenas cotidianas que muestran la relación que mantenía con cada uno de los miembros de su familia.

Doy mucha importancia a los desenlaces, sobre todo si se trata de una historia corta (porque gran parte de lo que uno se lleva de ella es su final). Me preguntaba cuál sería el estilo de los de Marjane, pues en Persépolis no hay más final que el que impone su biografía, pero en este caso la historia es (creo) inventada. Y me ha dejado satisfecha. Creo que todo cuento tiene que tener su toque final que deje al lector sorprendido o pensativo. Algo que se dé la vuelta. Y eso es lo que hay al final de Pollo con ciruelas.


PS: también hay adaptación de este cómic a la gran pantalla; esta vez, a diferencia de Persépolis, a los personajes les dan vida actores de carne y hueso. Aún no la he visto, pero acabo de ver este pequeño reportaje (yo no recomendaría verlo si vais a leer el cómic, aunque las pistas que puede dar son mínimas) y me ha dejado con ganas de hacer la prueba. Tiene pinta de ser un poco lenta, pero estéticamente muy disfrutable.

jueves, 11 de diciembre de 2014

El arte de volar; de Antonio Altarriba (guión) y Kim (ilustración)


SINOPSIS 
Premio Nacional de Cómic 2010 
Dos grandes autores al servicio de una gran historia. Antonio Altarriba al guión y Kim en el dibujo componen un extraordinario fresco de lo que fue el siglo pasado en España. Partiendo de la historia de su propio padre, Altarriba saca lo mejor de su buen hacer narrativo y Kim demuestra, más y mejor que en ninguna otra de sus obras, que es uno de nuestros grandes dibujantes. El relato, extraordinariamente conmovedor, no da respiro al lector no sólo por los acontecimientos narrados -los más decisivos de nuestro siglo XX- sino por la intensidad con la que son presentados. Estamos ante una obra magistral que da cuenta de la Historia y que, sin lugar a dudas, hará Historia.

Esta es una sorpresa agradable más en el mundo de la novela gráfica. Yo no sabía de su existencia hasta que Mientrasleo me la mencionó, y entonces acudí a Google y me gustó lo que vi, y entonces acudí a Biblioteca Pública y me volvió a gustar, porque ahí lo tenían. Así que lo saqué en la siguiente visita, y lo primero que me sorprendió fue su enormidad, que por los pelos me permitió meterlo en la mochila.

Son dos los artistas españoles que dan vida (vuelven a dársela) a Antonio Altarriba: su hijo homónimo se encarga del guión, y Joaquim Aubert Puigarnau (más conocido como Kim, historietista de la revista El Jueves) de la ilustración. Se trata de todo un retrato de la vida de un hombre en la España del siglo anterior. Una vida que podría parecerse mucho a la de nuestros abuelos, pero todo depende de la edad que tengamos (en mi caso, es así). Aunque lo cierto es que vivió de todo: dicen que la vida de cualquiera podría dar lugar a una novela, pero la de Antonio Altarriba parece especialmente apta para ello. 



El suceso que motiva la escritura de El arte de volar es el vuelo (así lo llamaba él) que emprende al fin el anciano desde la ventana de la residencia geriátrica donde vivía. Su hijo se embarca entonces en la tarea de escribir el guión de su biografía, basándose en los recuerdos escritos por su padre durante la depresión de sus últimos años.

La historia comienza y termina por ese suicidio, pero lo vivimos de forma distinta al principio que al final, cuando ya sabemos el camino recorrido para llegar a él. Antonio (el hijo) y Antonio (el padre) se van fusionando durante las primeras páginas a través de un bonito baile de palabras, terminando por convertirse el narrador testigo en uno en primera persona.

Después de ese prólogo regresamos al pasado para acompañar a Antonio desde (casi) el principio de su vida. Los días de niñez de Antonio en Peñaflor, el pueblo donde vivía y trabajaba el campo, no terminaban de entusiasmarme. Me desilusioné un poco, pero pronto la historia empezó a coger fuerza y me di cuenta de que no me iba a aburrir. No hay lugar para la monotonía en una novela que habla de tantas etapas y que toca tantos temas: campo y ciudad, trabajo duro, guerra, amistad, Historia, pérdida, amor y desamor, infidelidad, negocio, honradez, soledad, felicidad y desilusión, nostalgia, regreso, juventud y vejez... 



La palabra "volar" no es sólo una forma suave de referirse al suicidio, sino que también adquiere otros significados. Por ejemplo, Antonio era un gran apasionado de la mecánica y de la conducción, a las que se dedicó en distintas etapas de su vida y que también llegaron en ocasiones a hacerle volar, en un sentido más positivo.

Y el final regresa al principio: los últimos días de Antonio en la residencia se reflejan con gran sensibilidad, cediendo protagonismo a otros ancianos que aportan un punto conmovedor y otro de crítica a la forma, a veces tan desapasionada, del trato a los mayores.



Pese a tratarse de una historia en formato cómic tiene un contenido considerable de texto. Quizá por esa razón o quizá porque, al no ser el autor de las letras el mismo que el de las ilustraciones, cada uno le pone más mimo a su creación, se nota que la narración está bastante cuidada y llena de mensajes. Asimismo, las ilustraciones cumplen a la perfección, contribuyen a imprimir realismo a la novela y, como señala en el prólogo otro Antonio (esta vez el teórico del cómic Antonio Martín Martínez), consiguen adaptarse y dar cobijo digno a esa ingente cantidad de letras.

Es difícil que decepcione El arte de volar, porque hay lugar para la acción y también para el sentir. Yo creo que lo tiene casi todo.

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Creo que con este vídeo (o simplemente, con un pequeño fragmento del mismo) os podéis hacer una idea bastante completa de lo que podéis encontrar en El arte de volar:


PS: Últimamente me encontraba mucho por Facebook la portada de una novela gráfica titulada Yo, asesino que, a parte de por ser el "gran premio de la crítica francesa 2015", no me llamaba mucho la atención. Cuando me dio por fijarme mejor, vi que uno de los autores era el mismo Antonio Altarriba (hijo).

miércoles, 3 de diciembre de 2014

El caracol de Byron; de Rafael R. Costa

"La rosa de los vientos es un círculo que representa el horizonte, y que lo divide, como a una ruleta, en incertidumbres limitadas. Tiene treinta y dos rumbos, siempre delineados con delicadeza y precisión, rojos y negros. Cada uno abarca once grados y quince minutos terrestres, y todos juntos acaparan lo que llamamos existencia. Por esta razón geográfica no son más que treinta y dos los caminos de donde puede un hombre elegir para recorrer el trayecto de su vida, porque sabido es que la vida sólo es un punto en la redondez total del destino y uno mismo la aguja imantada presa en el seno de una brújula. 
También son treinta y dos los escalones que cuenta un faro, ahora ciego, levantado a principios del siglo XIX, al que se conoce como El caracol de Byron, sito en una bahía acantilada, violenta, y esquiva con los mapas, lugar casi inaccesible, muy olvidado, que ha cambiado de nombre pero que hace veinte años aún se llamaba Byron Bay, nadie sabe por qué, de la misma forma que nadie sabe por qué el aire del primer amor verdadero vuelve a la nariz del que va a morir y le hincha el cuerpo y por qué el asesino retorna siempre al lugar del crimen, aunque sea para comprobar si ha crecido la hierba."

SINOPSIS
A la remota bahía de Byron llega don Amós, su enigmática presencia cambiará el futuro de los tres habitantes del lugar. Fascinados por el paisaje donde están de algún modo encerrados, los personajes dan continuos paseos mientras se cuentan historias y festejan la belleza de un atardecer o de un guiso de pescado. El tiempo no lo marcan los relojes sino las mareas y los paseos y las charlas, mientras se van sucediendo los dulces atardeceres y los temibles aguaceros que pautan los estados anímicos de la trama. Si El caracol de Byron se pasase al cine, tendría que llevar música de Bernard Herrmann.

Sí, me encanta la forma de combinar palabras de Rafael R. Costa, y por eso quizá, por ese inicio que encabeza esta entrada (a parte de los numerosos elogios leídos hacia su prosa), caí entre las páginas de El caracol de Byron. A lo mejor cometí el error de no haber leído bien su sinopsis, que deja bien claro lo que vamos a encontrar en él, y por eso mis expectativas demasiado altas no se han visto totalmente colmadas.

A mí me parece que tiene esta novela cierto aire a clásico: el uso del lenguaje es magistral, con pasajes que uno puede releer con gusto, pero el ritmo de lo que narra es tan pausado que corre el riesgo de resultar monótono (es la misma sensación que me está transmitiendo esa Primera Memoria que escribió Matute, asignada como "lectura de transporte público" y que he estado siguiendo a la par que El caracol de Byron).

En fin, que entre tanta opinión entusiasta (sólo hay que mirar la ingente cantidad de alabanzas "Amazónicas" cosechadas), yo me quedo en el punto medio de ni sí ni no, y me siento como se siente el que lee un clásico y no le resulta tan apasionante como "debería"; me quedo pensando: "a ver si es que va a ser que no sé yo apreciar lo bueno...". Pero claro, no es así, es que a cada uno le gusta una cosa distinta, y también es que cada uno lee en circunstancias diferentes, y quién sabe si no me hubiese resultado una lectura reveladora de haberla realizado en otro momento.

Así y todo, no me ha dejado indiferente, y tengo el pálpito de que va a ser una de esas que en el futuro recordaré con nostalgia, una de las que se disfrutan más un tiempo después de impregnarse en su tinta. Y entonces me volverá la imagen de Byron Bay con su faro y su restaurant El Comodoro, y oleré a costa y a comida casera, y sentiré el viento de arrebatacapas, y oiré la lluvia y la tormenta y las canciones de gramófono y las voces de Cesárea, Agapito, Henrique y Amós entremezcladas.

El ritmo lento, si es bien utilizado, tiene la ventaja de arropar al lector en el ambiente: los paisajes se convierten en un personaje más, pero es que además los personajes humanos también se te van acercando. En esta novela son pocos, son cuatro y siempre están en el mismo sitio, cocinando, comiendo, caminando, departiendo, mirando al mar... Durante las primeras páginas es agradable conocerlos, un grupo entrañable, cada uno con sus cosas. Conversan, y se tiene la sensación de que algo se cuece en esos intercambios, de que tarde o temprano algo saldrá que revolucione, como mínimo, los sentimientos de alguien. Pero pasaban letras y letras y ya me sentía en una rutina sin fin.

Es hacia la mitad de la novela cuando estas conversaciones empiezan a remontarse cada vez más a tiempos pretéritos, porque es el pasado de los personajes la parte de El caracol de Byron con más "acción". A través de esas miradas al pasado (habladas o pensadas), van surgiendo más personajes (Doris, el Neme...) y más paisajes (Inglaterra, las Azores, el mar de los Sargazos...) y se va creando una trama paralela de varios hilos:
"-Perdone que me meta en la conversación, don Amós -dijo Agapito-. Es que hay todavía hilos sueltos que mi cabeza de marrajo torpe no acierta a empatar..."
Por fin, el pasado regresa y levanta ampollas, y da pie a escenas intensas, donde los sentimientos se revuelven al mismo tiempo que las olas en medio de una tempestad. En momentos así es cuando se percibe aún más la fuerza de la prosa:
"[...] según fue subiendo aquellos peldaños sus oídos fueron desengañando a su espejismo y el corazón que llevaba en la mano se le cayó y rodó escaleras abajo, hacia ninguna parte…" 
"Quiso abandonar aquella habitación, salir a la puerta de El Comodoro a respirar aire distinto, porque de pronto se le había convertido en gas venenoso el que tenía en los pulmones. Pero no fue posible. La mano fornida y brutal de la subconsciencia le tiró vitrinas repletas de frascos de vidrio, prendió fuego a los pastos de su pensamiento, llevó el silbato de la locura a los labios del recuerdo y sopló cien veces en el interior de sus oídos."
El caracol de Byron huele mucho a antiguo y a sal. Tiene palabras extrañas, y algunas no se sabe (yo no sé) si existen de verdad o son inventadas. Muchas se refieren al mundo marino y naval. Otras parecen términos más costumbristas. A veces transmiten una sensación hogareña y otras se tiñen de exotismo y aventura.

El final llega también con tranquilidad y con una pequeña sorpresa. La última palabra parece que te mira y te desafía a imaginarte lo que pasa después, cómo siguen moviéndose los personajes por los paisajes, cómo sigue el faro mirando el océano y el oleaje sonando. Algo de Byron Bay se queda flotando en el ambiente después de esa palabra, llenando todo el espacio en blanco que hay debajo.

3,5

viernes, 28 de noviembre de 2014

Nos vemos allá arriba; de Pierre Lemaitre

"[...] la idea que se le ha metido en la cabeza a Édouard de que quizá el soldado no esté muerto del todo es una mala idea que aún va a hacerle más daño, pero, en fin, así son las cosas; ahora que tiene esa duda, esa sospecha, necesita comprobarlo a toda costa, por penoso que nos resulte a nosotros verlo. Dan ganas de gritarle déjalo, has hecho cuanto has podido, dan ganas de cogerle las manos con mucha suavidad y apretárselas entre las nuestras para que pare de moverse de ese modo, de exaltarse, dan ganas de decirle las cosas que se les dice a los niños que sufren ataques de nervios, de abrazarlo hasta que se le agoten las lágrimas. En una palabra, de consolarlo. Pero alrededor de Édouard no hay nadie, ni  usted ni yo estamos allí para mostrarle el buen camino [...]"

SINOPSIS
Galardonada con el Premio Goncourt, ensalzada por los críticos y convertida en un auténtico fenómeno editorial en Francia —donde ya ha superado el medio millón de ejemplares vendidos—, esta novela es un emocionante canto a la capacidad de superación del ser humano y, a la vez, un fresco y atrevido retrato de una sociedad descompuesta por uno de los más crueles inventos del hombre: la guerra. 
 En noviembre de 1918, tan sólo unos días antes del armisticio, el teniente d’Aulnay-Pradelle ordena una absurda ofensiva que culminará con los soldados Albert Maillard y Édouard Péricourt gravemente heridos, en un confuso y dramático incidente que ligará sus destinos inexorablemente. Édouard, de familia adinerada y con un talento excepcional para el dibujo, ha sufrido una horrible mutilación y se niega a reencontrarse con su padre y su hermana. Albert, de origen humilde y carácter pusilánime, concilia el sueño abrazado a una cabeza de caballo de cartón y está dispuesto a lo indecible con tal de compensar a Édouard, a quien debe la vida. Y Pradelle, aristócrata venido a menos, cínico y mujeriego, está obsesionado con recuperar su estatus social. De regreso en París, los tres excombatientes se rebelarán contra una realidad que los condena a la miseria y al olvido. Así, Édouard pergeña una ingeniosísima estafa con el fin de vengarse de su progenitor, que siempre lo repudió por su sensibilidad y sus habilidades artísticas. De paso quiere ayudar al fiel Albert, cuyo prurito es huir a las antípodas para olvidar a Cécile, su amor perdido. Aunque tal vez el más ambicioso sea Pradelle, que sacudirá la conciencia de Francia entera mediante una monumental operación delictiva concebida para amasar una rápida fortuna. Los escollos son considerables, pero la voluntad de los tres parece infinita. En una brillante fusión de literatura popular y alta literatura, Pierre Lemaitre ha creado una trepidante historia que progresa al ritmo de una trama detectivesca. Integrando con maestría elementos de géneros tan diversos como el relato de aventuras, el drama psicológico, la crónica social y política y el alegato antibélico, la narración es un derroche de humor, rabia y compasión que sin duda cautivará a todo tipo de lectores.

Me daba pereza tener un libro más que leer, aunque en el fondo supiera que me podía gustar. Por eso dije "Dejémoslo en manos del sino" en la reseña de Tizire. Y ella repuso "Que el destino decida", y el destino decidió: no mucho tiempo después, eligiendo lectura en el bibliobús, se me cruzó. Lo miré con recelo, lo cogí, lo volví a dejar, busqué un poco más, cogí otro, me lo quedé, volví a Nos vemos allá arriba, y también me lo llevé por si acaso, acordándome de esa reseña leída días atrás. El otro terminé por no leerlo, pero este... ahora voy contando. Aviso que va a ser difícil, porque hay multitud de detalles en la trama que hacen muy jugosa la lectura y que, aunque alguno puede deducirse de la sinopsis, yo recomendaría ir descubriendo por el camino.

Menudo inicio, no me esperaba algo tan intenso. Yo no soy muy sensible para estas cosas, pero creo que las escenas que se relatan en las primeras páginas, para alguien con una imaginación muy viva y una empatía muy desarrollada, son bastante crudas. Me dejaron pegada al libro y entusiasmada como hacía tiempo que no lo estaba con una lectura. En ello influyó también el estilo de Lemaitre, bastante particular. Me encanta encontrarme con formas de narrar que se distinguen de lo habitual, y en la prosa de este autor sí que se nota un punto distinto, una cercanía con sus personajes, un desparpajo, un humor, una elegancia...

Me fui inflando e inflando de satisfacción, y después me tuve que desinflar un poco, porque tanto la narración como la historia narrada fueron perdiendo fuelle. A mí me interesaban mucho las andanzas de los soldados Albert y Édouard, los primeros personajes que se perfilan en esta historia. En poco tiempo se empatiza con ellos y se quiere saber más, pero Lemaitre nos los quita y empieza a hablarnos de otros que no nos caen tan bien, como el teniente d'Aulnay-Pradelle y varios más que vamos conociendo conforme avanza la trama. Así por sorpresa se convierte en una novela coral, que de capítulo en capítulo va saltando de un personaje a otro y narrando desde diferentes puntos de vista, aunque sin perder el narrador su omnisciencia.

Todo empieza con el final de una guerra, pero el grueso de lo contado se centra en lo que pasa después. Está ambientada en París y, si bien hay parte de realidad en algunos hechos (según aclara el autor en una nota al final), lo que nos ofrece Lemaitre es una historia de enredos, en ocasiones algo rocambolesca. No enredos amorosos, que también los hay, y a mi parecer muy acertadamente manejados, sino enredos de la vida, la de los que siguen adelante y la de los que se quedaron atrás, muchos enterrados no se sabe bien cómo ni dónde. Así que, después del golpe de efecto en las primeras páginas y de colocar los hilos en las siguientes, parece que poco a poco regresa lo bueno, que es cuando empiezan a liarse la madeja.    
"Sabía que la guerra no era otra cosa que una inmensa lotería de balas en la que sobrevivir cuatro años era sencillamente un milagro."
Algunos de los que siguen adelante lo hacen a duras penas. Albert y Édouard, después de arriesgar la vida en la guerra (y de qué manera) quedan en una situación muy precaria y tienen que acudir al ingenio para sobrevivir, y hacerlo sobreponiéndose a las secuelas que en ellos ha dejado la contienda. Albert, el más afectado psicológicamente, es un joven de paciencia infinita que tiene que luchar contra su propia bondad para realizar actos poco éticos que les permitan seguir con vida a él y a su compañero Édouard. Este, con menos escrúpulos, proviene de estratos más altos de la sociedad, pero debido al suceso trágico con el que se inicia la novela deja atrás a su familia y se abandona a los cuidados de Albert.
Por otro lado está la familia de Édouard, su padre y su hermana Madeleine, y el teniente d'Aulnay Pradelle. Todos ellos también se traen  planes entre manos, cada uno tiene ambiciones y preocupaciones que les mueven en una u otra dirección, interconectando también sus vidas. Otros personajes más secundarios, se me ocurre uno en particular, tampoco tienen nada que envidiar a los principales, y unos y otros protagonizan escenas que me han dejado, literalmente, con la boca abierta y, menos literalmente, aplaudiendo de admiración.

Y los que se quedaron atrás: esos, lamentablemente, son manejados por los vivos incluso después de muertos. No me había parado a pensar qué pasa después de una guerra con los que perecen en ella. Las familias reciben noticia de que no van a volver a ver a sus hijos y a sus padres, y un sentimiento lógico es la necesidad de tener un lugar donde ir a dejarles flores o a hablar con su "fantasma". Nos vemos allá arriba aborda también ese proceso en el que los caídos son exhumados, identificados con mayor o menor acierto, e inhumados en un lugar apropiado a ello. O las gestiones que se llevan a cabo para levantar monumentos en su memoria. Son cosas que pueden convertirse en un negocio muy lucrativo cuando acaba de terminar una guerra...

Las letras de Pierre Lemaitre desprenden personalidad, se intuye que el autor se esfuerza por ofrecer un enfoque diferente; sus personajes, quizá ligeramente caricaturizados, están vivos, podemos leer el proceso por el cual sus sentimientos les llevan a pensar y sus pensamientos a actuar, entendemos sus maldades y admiramos sus bondades. Pese a esas páginas centrales más flojas ha merecido la pena, y al final ha sabido dar con ese toque agridulce con el que a mí tanto me gusta terminar una lectura.

lunes, 17 de noviembre de 2014

Persépolis; de Marjane Satrapi


SINOPSIS
Persépolis es la autobiografía de Marjane Satrapi , una mujer iraní nacida en Teherán en 1969 en el seno de una familia progresista. Pero, además del retrato de la vida de la autora, también es el reflejo de la revolución iraní de 1979 que dio lugar a un gobierno islámico y de cómo lo vivieron las familias del país. 
 Desde el inicio, con la introducción del velo en la vida social y la separación por sexos en las escuelas, hasta la vida universitaria y las revueltas estudiantiles, Satrapi hace un repaso a su vida que se remonta a sus antepasados, ayudándonos a entender las motivaciones históricas de la revolución islámica, mostrándonos a la vez una opinión crítica con el gobierno.

Aunque parece que son las novelas las que se llevan la mayor parte de la publicidad, de vez en cuando hay algún cómic que destaca por encima del resto. Y, en medio de esa multitud de novelas que hablan mucho y en voz más alta, un pequeño cómic consigue dar un salto y hacerse notar. Aún recuerdo cuando veía este en los expositores de las librerías, y las voces (no sé cuáles) decían que era "importante". Entonces este tipo de lectura me parecía algo lejano e inaccesible, y quizá como mecanismo de defensa, quizá porque de verdad lo sentía, pensaba que tenía pinta de ser un poquito aburrido para mí y miraba hacia otro lado. Pero pasados los años el destino ha querido que nos volvamos a encontrar en circunstancias distintas, y nada es inaccesible cuando está sobre el estante de una biblioteca.

Lo comencé, admito, con cierta precaución. Como se trata de una historia autobiográfica, las primeras viñetas están dedicadas a ponernos en contexto: primero el histórico de Irán, y después el familiar de Marjane. Para mí empezaba con un pelín de mal pie, porque ni soy amiga de temas políticos ni los entiendo con facilidad. Sin embargo, la explicación sobre el fin del reinado del Sha y el comienzo de la República islámica (allá por 1979) fue lo más breve y amena posible. Después, por fin, la pequeña Marji nos permite conocer a su familia y, con el paso de las viñetas, es difícil no caerse dentro de la historia. Sin que me lo esperara, llegó esa sensación tan codiciada por los lectores: el deseo, mientras no se lee, de proseguir la lectura.


La mejor Majane, para mí, es la de 10 años. Pese a que no he leído más que unas pocas tiras sueltas del famoso personaje creado por Tino, no podía evitar que en ocasiones me recordara a Mafalda. Criada por una familia de ideas progresistas, Marji desarrolla un espíritu crítico y suelta por su boca agudas observaciones y más de una linda contestación que deja al lector impresionado y, al mismo tiempo, casi temiendo por la vida (o la libertad) de la pequeña rebelde. Otras veces, en la soledad de su habitación, Marji mantiene conversaciones de igual a igual con Dios.

El cómic está dividido en cuatro partes, distintas etapas de la vida de Marjane. Esta podemos conocerla simplemente leyendo el pequeño resumen biográfico del final del libro, pero adquiere su propia alma contada a través del dibujo simplista y los certeros textos de la autora. Marji desaparece para dar paso a un personaje más maduro pero no menos díscolo y apasionante. Pierde su cara redonda de niña y sus rasgos se transforman cada vez más a lo largo de las páginas, hasta que le sale su característico lunar a la derecha de la nariz. 


Es de admirar cómo Marjane ha sido capaz de "desnudarse" de esa forma, porque si es cierto lo que cuenta, no todo es agradable de sacar a la luz. La adolescencia es un periodo difícil, más aún si se mezcla con adaptarse a vivir en otro lugar, como ella tuvo que hacer cuando, ante los problemas políticos en Irán y por el bien de su futuro, sus padres la enviaron a estudiar al Liceo francés de Austria. Allí, con sus catorce años, a parte de construirse una nueva vida, aprender un idioma y hacerse un lugar entre sus compañeros, empieza a darse cuenta de los prejuicios de los europeos hacia su cultura y su país (uno de los hechos, supongo, que le llevaron a escribir este libro).

Después de la lectura tuve la oportunidad de ver la película, una adaptación animada cuya composición me encantó, aunque su contenido se quedó demasiado corto en comparación con todo lo que puede extraerse del cómic. Me sorprendió comprobar como se quitaban media historia de un plumazo, enumerando en unos segundos hechos que en el cómic duran páginas y páginas y permiten una mejor profundización en el personaje y en sus circunstancias. Y al hilo de lo que iba diciendo sobre los prejuicios, pude volver a comprobarlos por mi misma cuando una amiga con la que estaba viendo la película me preguntó: "¿Pero los iraníes no han llevado el velo siempre?" Y no la culpo, porque yo antes de que me lo contara Marjane hubiera pensado parecido, incluso esa amiga me lo dijo con tal convicción que me hizo dudar. Como si Marjane no lo dejara bien claro en las páginas finales. 


Pero Marjane crece, y sigue creciendo. Al final, después de cuatro años en Viena, regresa al que fue su hogar. Las cosas allí son ahora muy distintas a como empezaron. Tanto los hombres como las mujeres tienen que vestir de un modo determinado. A estas se las obliga a llevar el velo (sus cabellos al aire podrían excitar a los hombres...). De nuevo en Irán, se encuentra muy confundida. En Europa se ha perdido a sí misma, ya no sabe quién es, necesita volver a ser fiel a sus principios (su abuela es quien más se encarga de recordárselo). Y otra vez a reconstruirlo todo, a buscar un propósito, y a aclararse con su vida amorosa (Bastante enrevesada, por cierto. Y realista, porque claro, esto es real.)


Marjane Satrapi tiene el don de saber contar la tragedia de modo que no lo parezca tanto, aderezada con inteligentes toques de humor. Los personajes (las personas) son cercanos y muy expresivos pese a la sencillez de los trazos. Pero un mérito añadido al conjunto es que nos enseña cómo es en realidad su país, qué oculta Irán detrás del velo que lo cubre a nuestros ojos. Al final terminé entendiendo por qué la llamaban imprescindible.

viernes, 7 de noviembre de 2014

El azul es un color cálido; de Julie Maroh


SINOPSIS
La vida de Clementine se altera el día que conoce a Emma, una chica de cabellos azules que le hace descubrir todas las facetas del deseo y le permitirá enfrentarse a los demás. Una historia tierna y emotiva.

He adquirido la costumbre de sacar cómics (o novelas gráficas, que ahora lo llaman así) de tres en tres en la biblioteca. Aunque me parece que ese hábito se va a acabar pronto porque no me da la vida, que también sigo con los libros. En fin, después de la decepción (esta) que me llevé con el primero de la tanda, en este aumentó un poco el grado de satisfacción. (Con el tercero, que traeré más adelante, llegó al grado sumo.)

No sé si habréis oído hablar antes de este título. Yo sí, y creía haber leído buenos comentarios, así que en cuanto lo vi en la estantería no dudé en llevármelo a casa. Además se ha adaptado al cine y la película también se ha llevado muy buenas críticas (la tengo pendiente, pero dura tres horas y no encuentro el momento de reunirlas; creo que terminaré viéndola por entregas). 

El cómic no creo que sea para tirar cohetes. Lo definiría con la palabra "absorbente", pero más allá de eso, no me ha marcado. Se lee muy bien: yo leí una tarde unas pocas páginas y el resto lo terminé una noche, antes de irme a la cama (curiosamente no me quedé dormida, hacía mucho que no me pasaba algo así). 

Me sorprendió la forma en que comienza, bastante más dramática de lo que esperaba. Bien pensado, toda la historia es un poco triste: una tristeza que a veces disminuye a melancolía y otras se transforma en drama, y a la que contribuye el tono frío de las ilustraciones. Aunque también hay destellos de luz, la sensación que deja es de melancolía.


Es interesante también por el tema que aborda, acerca del cual yo he leído poco: la homosexualidad. Lo hace desde el punto de vista de Clementine, una adolescente que lleva una vida normal hasta que se va dando cuenta de que no siente lo que debería sentir cuando está con chicos. Está muy confusa, y le confunden más los sueños recurrentes que tiene por las noches, sueños íntimos con una chica de pelo azul con la que se cruzó en la calle.

Paulatinamente la vemos ir creciendo y cambiar su mentalidad. Es fácil desmoronarse y pensar que no eres normal, que está mal, siendo chica, sentir esas cosas por otra chica. ¿Basta con amar, o además hay que amar al sexo correcto? Asistimos a su continua lucha por aceptarse tal como es, y lograr que los demás la acepten también. Tiene amigos que la desprecian, pero otros la ayudan. ¿Qué pensarán sus padres? 

El final es casi el esperado. Sencillamente, se cierra el círculo. No hay giros imprevistos, sólo personajes, sentimientos, dudas, reflexiones, búsqueda de identidad.

3,5

jueves, 23 de octubre de 2014

La vida es buena si no te rindes; de Seth


SINOPSIS 
El título que supuso la consagración de Seth como autor es un inteligente ejercicio de ficción autobiográfica que narra la búsqueda, por parte del propio historietista, del paradero de un oscuro ilustrador de los años cincuenta. Una búsqueda que es, también, interior y de autoafirmación.
No sabía cómo enfocar esto, pero por fin he encontrado la manera. Así que aviso desde el principio: esto no es una opinión/reseña, sino una advertencia. No, vamos a dejarlo mejor en consejo: si alguna vez, en el escaparate de una librería, entre los estantes de una biblioteca, en un banco del parque, en la papelera de al lado del semáforo o encima de vuestra mesilla os encontráis con este libro, intentad desechar toda tentación de leerlo. Vuestra vida será un poco más divertida. 

Sé que La vida es buena si no te rindes es un título evocador, trascendental, filosófico; optimista, incluso. Pero hay que ir más allá. A veces el Ser Superior, sea el que sea, deja señales que hay que saber interpretar. Y en este punto, tengo que aclarar que, aunque en la foto de arriba no se vea, la editorial de este cómic/novela gráfica se llama de la siguiente forma: Editorial sins entido. Creo que sobran más explicaciones.

Lo mejor es que al personaje protagonista, que al parecer es el mismo autor, le gusta ir a librerías. Es un amante del mundo del dibujo y de los cómics y, un buen día, le da por interesarse por un dibujante concreto (cuyo nombre no recuerdo ahora mismo, y afortunadamente el libro era de la biblioteca) y se pone a coleccionar sus viñetas, de librería en librería, de casa en casa, en una aventura sin igual (ironía). Al final hay unas cuantas páginas dedicadas a los chistes gráficos de dicho dibujante y, algo positivo tiene que haber, me ha gustado que me trajeran a la memoria las revistas de cómics antiguas (pertenecientes a mi padre) que leía cuando era pequeña, en las que me gustaba siempre echar un vistazo a la sección de chistes.

Nostalgias a parte, creo que, a no ser que seas un gran amante de este mundillo, poco aporta La vida es buena si no te rindes. Es una especie de autobiografía en la que Seth se dedica a dar paseos de un lado a otro sin ton ni son, sin más hilo argumental que continuas referencias a personajes y autores (incluye de ellos un apéndice al final). Y como no sé mucho del tema, lo poco que me ha hecho ilusión han sido las menciones a Snoopy o a Tintín.




Después está el amigo del protagonista, ese de las viñetas de arriba con cara chupada, mucha frente y pelo largo. No sé si llamarlo personaje, porque personalidad tenía poca. Bien podría haber sido un amigo invisible, lo mismo hubiera dado que Seth hablara consigo mismo o con el aire. Sí, es muy posible que fuera un amigo invisible: siempre presente, siempre de acuerdo en todo lo que dice Seth, siempre riendo sus gracias incluso cuando no hacen gracia... Un recurso pobre, supongo, para conseguir que el protagonista pueda hablar y que la historia no sea una novela (o una anécdota, porque para novela no da) en vez de un cómic.

Ah, y el final es algo así como.

Una bonita estética, un título atrayente, una trampa en la que he caído. Me gusta dejar un resquicio para la esperanza, así que no diré que es para un 1/5, pero casi.

sábado, 18 de octubre de 2014

Una madre; de Alejandro Palomas

"Y, como un pequeño destello que ilumina apenas la oscuridad de esta zona del parque, se me ocurre de pronto que es posible que esta noche confluyan a la mesa de mamá momentos, energías y requiebros tan dispares, tan largamente reprimidos, que quizá –y solo quizá- lo que mamá lleva tanto tiempo esperando – esa noche de charlas fluidas y tiempo en calma- sea una pequeña playa a la que de pronto han de llegar los restos de varios naufragios, con sus baúles llenos de intimidades, ropa mojada y botellas con mensajes."

SINOPSIS
El retrato de una ciudad acogedora y esquiva a partes iguales, de una familia unida por los frágiles lazos de la necesidad y del amor y la mirada única de una mujer maravillosa en un momento extraordinario.Faltan unas horas para la medianoche. Por fin, después de varias tentativas, Amalia ha logrado a sus 65 años ver cumpli do su sueño: reunir a toda la familia para cenar en Nochevieja. Una madre cuenta la historia de cómo Amalia entreteje con su humor y su entrega particular una red de hilos invisibles con la que une y protege a los suyos, zurciendo los silencios de unos y encauzando el futuro de los otros. Sabe que va a ser una noche intensa, llena de secretos y mentiras, de mucha risa y de confesiones largo tiempo contenidas que por fin estallan para descubrir lo que queda por vivir. Sabe que es el momento de actuar y no está dispuesta a que nada la aparte de su cometido.Un cartel luminoso que emite mensajes desde una azotea junto al puerto, una silla en la que desde hace años jamás se sienta nadie, una Barcelona de cielos añiles que conspira para que vuelva una luz que parecía apagada, unos ojos como bosques alemanes y una libreta que aclara los porqués de una vida entera; Una madre no es solo el retrato de una mujer valiente y entrañable, y de los miembros de su familia que dependen de ella y de su peculiar energía para afrontar sus vidas, sino también un atisbo de lo que la condición humana es capaz de demostrarse y mostrar cuando ahonda en su mejor versión.

El primer empujón para llegar a esta lectura me lo dio la reseña de alguien que cuenta lo que lee, y el segundo, la lectura conjunta organizada por alguien que sabe los libros que hay que leer. Como se aproximaba el momento y no tenía a mano el libro, me apresuré a buscarlo en las bibliotecas más cercanas, donde no lo encontré. Fue en mi afanosa insistencia que me topé con unas extrañas criaturas llamadas bibliobuses, a las que me aficioné de inmediato (gracias, libro). Y de uno de ellos nació mi ejemplar de Una madre.

Cuando, de noche, paso entre dos hileras de edificios, me veo atraída por las ventanas iluminadas. Me hace ilusión atisbar una lámpara encendida o el brillo de la televisión, e imaginar gente reunida en ese interior acogedor. Abrir este libro es como asomarse a una de esas ventanas. Parece cuando empiezas a leer que vislumbras, desde la oscuridad de la última noche del año, la calidez luminosa de un salón ajeno. A través de los reflejos del cristal frío se mueve la silueta de la madre colocando el mantel, distribuyendo la vajilla, procurando que todo esté preparado a la llegada de los invitados. Esos minutos previos a la visita, la impaciencia, el salto que da el estómago o el corazón cuando finalmente suena el timbre.

Entonces resbalas y caes dentro, en medio de toda esa familia que no es la tuya pero podría parecerse. Fernando, el hijo, se encarga de ponerte al día: en ese tiempo de espera te va confiando poco a poco los pormenores de la historia de cada miembro, de sus hermanas, de su tío, de los novios y de las novias. De los perros (ellos también se merecen su trocito de historia). No te preguntas por qué deposita tanta confianza en ti, y sólo escuchas porque te gusta conocer lo que hay detrás de lo que son las personas (porque lo vas aprendiendo: las personas son lo que son por lo que hay en su pasado). "Yo no tenía mucha gente con quien compartirme", te cuenta Fer, que es depositario de confidencias de casi todos e intenta ser un apoyo, pero que también necesita alguien que le empuje a un mundo al que no se atreve del todo a salir. He visto un poco de mí en Fer, y al final, su madre Amelia también nos ha obsequiado a los dos con varios consejos. 

Ay, Amelia. Por supuesto, ella es el alma de Una madre. Yo pensaba que la historia era más para llorar, pero por culpa de Amelia sólo he podido reír. Aunque yo, cuando leo, me río por dentro (como mucho emerge a mi superficie una sonrisa o una risa murmurada entre dientes), Una madre es una de las novelas con las que más he reído. Me ha podido la ternura y la inocencia de Amelia que, liberada de las ataduras impuestas por su marido, se desparrama sin control por la vidaMe gusta de su filosofía el modo que tiene de ver a las personas. Es una niña que corre sin pensar, que todo lo observa y que experimenta sin importarle mucho qué pase después. Y a veces, cuando ella habla, el mundo se pinta de surrealismo.

"–Tú que escribes tan bien, cariño. ¿No podrías pensar en una frase que me sirva para pedir perdón a tus hermanas y que suene bonito? Es que me da tanto miedo que suene feo… Y que no me perdonen."

Pero ya van llegando. Llegadas anticipadas desde el balcón, bienvenidas a lametones, intercambios de gestos... Y vidas remolcadas que también se cuelan discretas entre los invitados y que de pronto, tal vez en la cena, puede que después de las uvas, se dejan ver

Mi segundo favorito, el tío Eduardo, ya está aquí. Fernando apenas me ha hablado de él y de sus viajes y es inevitable que me atraiga porque, como a casi todo el mundo femenino, me van los hombres misteriosos (al menos, los ficticios). Y el tío Eduardo sí que sabe hacer cosas interesantes, y también hacerse el interesante. Casi se me olvida que detrás de su fachada despreocupada hay una persona corriente...

Hay más (Silvia, Emma...), pero no os voy a hablar de todos. Me ha dicho Fer que podéis pasaros por allí cuando queráis. Estáis invitados a hacerlo la próxima Nochevieja. O si no, cuando mejor os venga, podéis charlar con él en su propia casa, en el escalón que da a la terraza, bebiendo una infusión con la enorme compañía de su perro Max y la panorámica de un cartel publicitario muy particular

He leído varias comentarios acerca de esta novela, opiniones de personas que se han sentido tocadas muy adentro. Tengo que confesar que mi caso no ha llegado a ese extremo: puede que mi vida (aún corta) no se parezca mucho a la de esta familia, o que sea dura de roer por las letras. No obstante, he llegado a reconocer (es fácil hacerlo) el talento de una narración íntima y bien llevada: son personajes muy vivos los que se retratan en Una madre, diálogos tan espontáneos, situaciones (aunque surrealistas algunas) tan llenas de realidad, que es fácil que con poco te sientas parte de ellas. Esperaba algo más del final, no sé bien qué, pero aún así me quedo con el camino recorrido y rescato esta última perla de las muchas que encontré en el trayecto:
 
"No hay amaneceres violetas sin ojos que los reflejen, ni largos caminos sin pies que los recorran." 

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